Amanece y todo es hermoso en el Valle de Santa Rita,
un lindo bosque al lado de una sonora y cristalina quebrada, en donde
crecen los grandes árboles frutales y delicadas flores multicolor
bajo un sol esplendoroso, refrescados cada tarde por la caricia de
las suaves lluvias. Poco a poco comienzan a despertar los habitantes;
cantan la llegada de cada día los pájaros y animales
silvestres, menos Don Búho, quien se acuesta a dormir después
de una larga noche de pensar y hablar con otros búhos.
Mamá Osa despierta cariñosamente a
sus cinco hijitos Juan, Pacho, María, Marieta y Anita. Los
pequeños ositos quieren seguir durmiendo pero Mamá Osa
los apresura para que no lleguen tarde a la escuela. Rápidamente
todos se bañan y se visten. La Abuelita Osa les prepara el
desayuno y Papá Oso y el abuelo los miran cariñosamente
y se preparan para otro día de andar por el bosque y recoger
miel y frutas para la comida. Luego del desayuno los cinco ositos
se despiden de sus padres y abuelos con un beso y un abrazo y salen
felices para la escuela, cantando y saltando. Por el camino saludan
alegremente a algunos amiguitos que todavía no van a la escuela
por ser aún muy pequeños y los miran con envidia mientras
éstos gozan haciendo sus travesuras en el largo del potrero.
Cuando nuestros amiguitos se acercan a la escuela,
pasa algo muy extraño que los va a afectar siempre. El bosque
de repente se oscurece, comienza a llover duro y se oye un ruido espantoso.
Los ositos se juntan y miran por todos los lados pero no ven nada
que anuncie la tragedia que está por llegar. Enseguida los
árboles comienzan a caerse y los otros animales del bosque
corren asustados, chillando y buscando donde esconderse. Pareciera
si como un gigante estuviera machucando su bosque. Los ositos se esconden
en una pequeña y húmeda cueva en la cima de una colina,
temblorosos y confusos, abrazándose para darse protección
y valor.
Después de un tiempo todo queda en silencio,
en un horrible y espantoso silencio. Nuestros amiguitos no tienen
idea de lo que les ha pasado. Después de unos minutos, Juan
y Marieta, los mayores ven una luz y salen a investigar mientras los
otros se quedan quietos en la cueva. Al rato regresan, pálidos,
callados, agachados y con lágrimas en los ojos. María,
toda temerosa, les pregunta «¿qué sucedió?».
Nadie habla al principio y finalmente responde Juan,
hablando muy lentamente y mirando al vacío: «Se vino
el agua de la presa de la montaña y se inundó el Valle
de Santa Rita. Hay agua por todas partes y ha desaparecido nuestra
casa y familia, y la de muchos otros animales».
«Eso no puede ser
», afirma
Pacho
«¡Es horrible!
», murmura
Marieta una y otra vez, sentada en el suelo con la cara tapada.
Aún sin creer en lo que dicen sus hermanos,
salen Pacho, María y Anita a verlo con sus propios ojos. Al
darse cuenta de que todo lo que les dijeron sus hermanos era cierto,
que su amado bosque ya era una enorme laguna, se sienten muy mal,
muy mal. Pacho grita desesperadamente, caminando por la orilla del
agua y llamando en vano a su padre. María quiere meterse en
la cueva de nuevo y no salir hasta que las cosas se vuelvan como antes.
Anita llora amargadamente por sus parientes y amigos ahogados. Marieta
actúa como si estuviera dormida; no quiere creer lo que ha
pasado y no quiere hacer nada ni pensar en nada. Juan golpea cuanto
árbol alcanza y grita a nadie en particular: «Por qué
nos tiene que pasar esto a nosotros?».
Pronto llegan muchos animales de otros bosques cercanos.
Casi todos los otros animales entienden el dolor de los ositos y quieren
ayudarlos y a todos los distintos animales afectados por la tragedia.
Armando Aguila monta una operativa para sacar del agua los animales
pequeños. Los zorros Bomberos ponen puesto de primeros auxilios
y atienden a todas las víctimas. Algunos animales no saben
que hacer. Otros hacen promesas que no pueden o quieren cumplir. Otros
son curiosos y unos cuantos tratan de aprovechar la confusión
para coger cosas ajenas.
Una familia de conejos les dice a nuestros amigos,
los ositos, que pueden quedarse en la cueva detrás de su casa
en donde estarán seguros aunque un poco incómodos, mientras
pasa la inundación y pueden volver a construir su casa. Los
osos aceptan la ayuda de los conejos porque no tienen a donde ir.
Al pasar los días Marieta y Pacho notan que
la familia conejo se sienten mal cuando los ositos lloran o hablan
de su tristeza, su miedo o su rabia; entonces tratan de fingir que
no están tristes y callan el llanto de los demás. Anita
y Juan tienen vergüenza de pedir todo el consuelo y el cariño
que quieren, ya que los conejos han sido tan buenos con ellos. Todos
están confundidos, de mal genio, tristes y miedosos, pero no
quieren decir nada. A veces se dan al olvido, volviéndose muy
perezosos y dejando que los demás hagan todo por ellos.
Muchos animales quieren ayudarlos pero no saben cómo hacerlo.
Los ositos se sienten peor cada día. Pancho
vive con los que él llama «un dolor
de cabeza en todo el cuerpo» y sólo desea estar acostado
todo el día soñando con su vida antes de la tragedia
y hablando del momento en que llegue mamá Osa (quien sabemos
que nunca llegará porque murió). Anita sigue tristísima:
cada día llena dos baldes con sus lágrimas y cada noche
despierta a medio bosque con su llanto. Juan pelea más y más
con sus hermanos y se ha vuelto grosero, aún con los que lo
quieren ayudar. Marieta sigue aburrida con todo. Es como sí
ya nada le importara
, pero sigue despertándose cada
noche con horribles pesadillas.
Después de algunas semanas en éstas,
la Familia Conejo decide que hay que hacer algo y busca a quien les
pueda ayudar a los pequeños osos. Papá Conejo trae a
casa al Doctor Barbudo León quien, luego de examinar a los
ositos, les dice: «Felicitaciones amiguitos».
Mamá Conejo y los pequeños osos lo
miran sorprendidos. El sonríe cariñosamente y les explica
todo.
- Sí amiguitos, oyeron bien. Dije felicitaciones
porque ustedes no están tan mal como muchos animales del bosque.
Yo sé que ustedes están haciendo lo mejor que saben
hacer ante esta horrible tragedia. Quieren recuperarse sin fastidiar
a los demás y no saben todavía la forma de hacerlo.
- Entonces, si no estoy tan mal, ¿ cómo
es que siento este terrible dolor en el cuerpo y no tengo ganas de
levantarme?. Se atreve a preguntar Pacho. Los demás ositos
mueven la cabeza en acuerdo con él.
Nuevamente el doctor León sonríe y
les dice:
- ¿ Alguna vez han comido demasiada fruta
durante el día y por la noche tienen un terrible dolor de barriguita?.
Los pequeños osos responden que sí
y el Doctor León continúa:
- Y, ¿ qué pasa cuando están
así, indigestos y con mucho dolor de barriga a pesar de los
remedios que les pueden dar?.
- Algo muy molesto
vómitos, responde
Anita.
- Y después, ¿cómo se sienten?
pregunta el Doctor.
- Es raro -dice Pancho-, después
de vomitar me siento mejor.
- Así es! -dice el Doctor León-
vomitar es molesto, pero después de hacerlo uno se siente
mejor porque con el vómito sale todo lo que nos hizo daño.
Vomitar es la manera como el cuerpo busca sentirse mejor y olvidarse
cuando se ha indigestado.
- Entiendo lo del vómito -dice Marieta-,
pero no entiendo lo que nos ha pasado ahora.
- Ustedes han pasado por una horrible tragedia
-responde el Doctor León-
que es como una enorme indigestión; han tragado mucho susto,
mucho dolor, mucha rabia y mucha tristeza. El cuerpo y la mente de
ustedes necesitan sacar estas cosas que han guardado dentro. Al no
hacerlo, algunos se enferman como tú, Pancho, con dolores de
cabeza y de otras partes del cuerpo, y sin ganas de levantarse. Otros
se ponen mal como tú María, con deseos de no vivir más
y con muchos nervios. Otros se sienten muy tristes y lloran todo el
día como tú, Anita, pero sin contar las otras cosas
que sienten. Otros golpean las cosas, andando todo el día de
pelea y mal genio, como tú Juan y aún otros prefieren
encerrarse y no hacer nada, como tú, Marieta. Cada uno se está
portando en forma diferente después de la tragedia, pero lo
importante para todos es hablar de lo que piensan y sienten adentro
y así se van a sentir mucho mejor.
- ¡ah!, ¡ ya entiendo! -dice María-,
lo que nosotros tenemos es como una indigestión y debemos
vomitar para poder recuperarnos.
- Muy bien, Anita -dice el Dr. León-,
eres muy inteligente. Quiero decirles algo más a todos.
Cuando nosotros pasamos por una tragedia, cada uno actúa a
su manera, como ustedes cinco. Desafortunadamente, amiguitos, yo he
conocido muchos que no se han podido recuperar de su tragedia; no
han querido «vomitar» porque es molestoso, no han querido
hablar de lo que sienten y piensan. Estos amigos se ponen peor. Al
principio parece ser más fácil así, pero luego
es más y más feo porque cada vez se sienten peo y cada
día es más y más difícil hablar de ello.
Estas personas necesitan ayuda especial.
- Afortunadamente -dice el Dr. León,
sonriendo- ustedes van a ponerse bien porque Papá y Mamá
Conejo se preocuparon por ustedes y vamos a trabajar juntos para que
se recuperen. A partir de hoy, cada día se sentirán
mejor, aunque habrá recuerdos tristes de vez en cuando: el
estomaguito siempre se queda resentido por un tiempo después
de la indigestión y el vómito. Es como el día
después de la tragedia cuando salieron de la cueva: todo era
oscuro pero tienen luz.
Después de reunirse con el Doctor León
los ositos durante algunas horas, para sus «clases» de recuperación
y para hablar libremente de lo que sienten y piensan, se despide de
ellos, recordándoles que lo pueden llamar en cualquier momento
en que vuelvan a enfermarse.
Así nuestros amiguitos siguen mejorando cada
día y al finalizar el año, cuando el agua ya ha desaparecido
y el Valle de Santa Rita de nuevo comienza a lucir toda su belleza,
construyen una casita con la ayuda de muchos amigos. Vuelven a gozar
sus aventuras diarias por el bosque. Todavía recuerdan mucho
y sienten muchos momentos de tristeza -todos los tenemos- pero, siguen
ADELANTE.