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Indice >> [ Anterior | Siguiente ] parábola "El Convenio del Buen Trato"[9]
Hace muchos años, en un país de paz y campesinos, al cual la gente de todo el mundo llamaba tierra del dulce y del aroma, tal vez por el sabor de su café y por el prodigio del agua de panela, hace muchos años, digo, tuvo lugar en este país, una larga y terrible tragedia, no venida del cielo como huracán ni de las entrañas de la tierra, como terremoto, sino traída por las mismas gentes como contagio de una peste negra. Fue la llamada guerra de Caín y Abel, que la bautizaron así, de esa manera, no más por ser una matanza entre hermanos. La historia cuenta y nadie se ha atrevido hasta ahora a desmentirla que los mismos soberanos, el rey y la reina y toda su corte, pecaron. Unos dicen que pecaron por pura omisión, o sea porque se hicieron los de la vista gorda, seguros y tranquilos de la vida en su palacio, bien fortificado y así dejaron que la guerra cogiera fuerza y se aferrara como peste del antiguo reino de paz y campesinos llamado en todo el mundo tierra del dulce y del aroma. Otros aseguran que no sólo hubo pecado por omisión sino por acción de parte de los soberanos y la corte, ya que muchos entre ellos se hacían ricos con todo eso que la guerra ofrece, por ejemplo con el comercio de armas, o bien, con lo que ella ampara y cubre, por ejemplo, el cultivo y el mercado de alucinógenos. Sea lo que fuere y la discusión se hacía interminable y era como otra guerra por lo alto, encima de la larga guerra de abajo, vino el día cuando las bandas en armas amenazaron el mismo Palacio real, a pesar de lo bien fortificado. Y nadie se explicó nunca como fue que, en la fuga, pudieron salvarse rey y reina dejando a sus pequeños hijos, príncipe y princesa, a buen resguardo en un hogar campesino. Pero de nada valió la precaución real, porque los pequeños delfines herederos del trono, desaparecieron en un asalto al poblado y nunca, jamás, se volvió a tener noticia de ellos. Entonces llegó la hora de la paz. Todos, empezando por el rey y la reina, sus hermanos y parientes, todos soldados y guerreros, ricos y pobres, como si hubiera soplado de pronto un viento de razón y de juicio y de cordura, todo dijeron ¡no más!, a una sola voz y buscaron el modo de hacer entre todos las paces, por la buenas, accediendo unos en esto y otros en aquello, hasta que sacaron de su patria, para siempre, la guerra, que estaba aferrada del país como una peste. Pasaron los años de reconstrucción, años tranquilos de nueva vida y nueva siembra campesina. El sol volvió alumbrar otra vez los campos en paz, sin niños desplazados, sin hogares fugitivos, volvió a iluminar los ríos ya limpios, sin veneno y sin cadáveres navegantes y las casas conocieron otra vez las puertas abiertas y las materas florecidas. Pero la reina madre no tenía un día de descanso. No podía creer ni por nada, que sus niños desaparecidos en tan tierna edad no estuvieran vivos, gozando del nuevo reino. Recorría ella sin tregua el país y se equivocaba una y otra vez creyendo descubrirlos en los rostros de tantos y tantos niños que encontraba a su paso. Hasta que por fin, un día, ocurrió el milagro. Fue aquel día feliz cuando la reina madre, tuvo noticia de que había llegado al reino un anciano sabedor, un Gurú iluminado, un sabio para el cual no había secretos ni en el más acá ni en el más allá. Entonces, de inmediato, hizo llamar al palacio al bendito y bien venido sabedor y le reveló su indecible tragedia. · Anciano sabedor, Gurú iluminado, le dijo luego de narrarle la triste historia, yo estoy segura de que mis niños viven, que mi principito y mi principita están en alguna casa campesina del país, en alguna escuela de vereda. Que allí están ahora mismo, esperándome. Ya tienen 9 y 10 años. Gurú sabio, durante los años que han pasado desde que desaparecieron, yo he ido contando y apuntando cada día, aquí en la cabeza, cada una de estas canas que usted ve. El sabedor oyó pensativo a la soberana y colocándole una mano sobre el hombro le reveló el secreto: · Madre, le dijo, tienes razón, tu corazón de madre no engaña, te ha dicho lo cierto, la verdad, tus hijos, príncipe y princesa, van a aparecer en el país. No te digo más, no me es dado decirte más, sólo eso, ellos van a aparecer. Cuando el Gurú traspasó la puerta, la buena mujer se acercó al alto mirador del palacio, desde donde se divisan los campos redimidos y reverdecidos y vió, allá, con segura esperanza, los grupos de niños campesinos dispersos, que jugaban con el agua, con el sol y con todos los animales del mundo. Y de inmediato el horizonte se despejó para ella, le contó la buena noticia al Rey y éste ordenó pregonar por todos los pueblos del reino un edicto real y así, con bombos y platillos, con grandes carteles en los muros, todos los vecinos supieron que debían buscar y encontrar los principitos que en alguna casa o escuela o camino de seguro estaban. Y así fue como todos los paisanos del reino, padres y madres, maestras y maestros, policías y curas, viejos y jóvenes se pusieron en obra, en la búsqueda, esperanzados todos en los premios y favores de los reyes. Un año, dos años, con este pregón por todos los confines del reino. Entonces comienza a suceder un verdadero prodigio. Ocurrió que a todos, sin excepción, con el afán del premio, a todos, maestros y padres, viejos y jóvenes, les parecía ver, a cada rato, en cada niño un príncipe y en cada niña una princesa. Incluso con más o menos edad, decían siempre: -lo encontré, la hallé, mire! Y luego vinieron las precauciones y las advertencias entre todas las gentes del país. -Que cuidado con equivocarse, porque esa niña, cualquiera, otra, puede ser la princesa, Dios mío. -Porque ese niño, éste o aquél, uno u otro, puede ser el príncipe, cuidado, mucha atención, mucho respeto. Y fue así como padres y maestros y sacerdotes y viejos y jóvenes se reunieron un día, para no ir a equivocarse de pronto y acordaron, entre todos, lo que llamaron el convenio del buen trato, porque una cosa era cierta, cualquier niño o niña del país podía ser el príncipe o la princesa y era muy grave equivocarse. Fue entonces cuando la reina madre mandó llamar de nuevo a palacio al anciano sabedor y le habló de esta manera: · Sabio Gurú, le dijo, yo no puedo ocultarle mi alegría por lo que está ocurriendo en el reino, por lo que ha sucedido con el pregón que ordenó el Rey. Sin embargo yo sigo con la espina en el corazón porque nada que aparecen mis dos niños, mis dos hijos del alma, el príncipe y la princesa. Y fue usted, usted mismo quien me dijo que ellos aparecerían. El anciano sabedor miró entonces a la reina, muy a los ojos, dulcemente y, colocándole una mano sobre el hombro, le dijo así: · Reina madre, soberana, píenselo bien y no me conteste antes de pensarlo. -¿Será verdad, será cierto que sus hijos, el príncipe y la princesa no han aparecido en el reino tal como yo se lo anuncié? ¿Será verdad? La reina madre entendió la lección del viejo sabedor y entonces le respondió, solamente con lágrimas en los ojos sobre su rostro todo iluminado por una clara sonrisa. Y cuando el Gurú traspasó la puerta despidiéndose, ella corrió al mirador del Palacio, desde donde se divisaba todo el campo renovado y redimido y empezó a ver de verdad a sus dos niños, el príncipe y la princesa jugando en la hierba, como dos simples niños campesinos, con el sol, con el agua, con el viento y el reino animal entero. [9] Nicolás Buenaventura |
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