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la resiliencia como potenciadora de factores protectores
Vanistendael Stefan Vanistendael la define como la capacidad del ser humano o de un sistema social de vivir bien y desarrollarse positivamente a pesar de las condiciones de vida difíciles. Esto implica una capacidad de resistencia y una facultad de construcción positiva. Para la Ingeniería, la resiliencia es la capacidad de un material para recobrar su forma original, después de someterse a una presión deformadora. Respecto al ser humano, ha sido estudiada en lo referente a la manera sorprendente en que muchos niños maltratados de diferentes formas, se sobreponen y mantienen su vitalidad y esperanza. El Enfoque de Riesgo que ha prevalecido en las ciencias humanas, centrado en la enfermedad y en el establecimiento de aquellos factores que implican una mayor probabilidad de daño individual, es decir en los factores de riesgo -olvidando los procesos de interrelación dados en el quehacer diario de satisfacción de necesidades dentro de un contexto comunitario-, no ha permitido estudiar con suficiente profundidad los factores protectores que hacen que una persona logre recuperarse luego de afrontar condiciones adversas, y que inclusive logre transformarlas en ventajas o estímulos para la construcción de su bienestar físico, mental, social y espiritual, es decir ser resiliente. Esta nueva perspectiva ha venido ampliando el Enfoque de Riesgo (centrado en las amenazas), complementándolo con el de Resiliencia, que da al riesgo un origen más en lo social, como resultado de procesos de interacción continua y permanente entre la comunidad humana y su entorno, que aún en sus expresiones naturales está mediado por circunstancias políticas, culturales y sociales. Razón por la cual pretendemos:
Todo ello como forma de potenciar los factores protectores internos que actúan como escudos y permiten el desarrollo de los seres humanos; tales como la autonomía, la autoestima, la creatividad y el humor infantil, expresado este último en la alegría, la capacidad de jugar y relacionarse con los otros, y afianzar todos los factores protectores externos _apoyos_, tanto del grupo familiar como del entorno en general. Se trata de brindarle al niño los elementos requeridos para que: juegue bien, trabaje bien y tenga buenas expectativas hacia el futuro, que pueda establecer contactos amigables, que se muestre activo, flexible; que pueda comunicarse abiertamente, que exprese lo que piensa sin temores, que pueda demostrar afecto, que ame a su familia y su comunidad, y que logre lo que buscamos con esta propuesta, "reír y ser feliz", y al adolescente y joven la posibilidad de desarrollarse integralmente y apoyar a su comunidad.Esta es la razón por la que es necesario promover la resiliencia de los niños, adolescentes y jóvenes; desarrollando en ellos habilidades psicosociales de modo que sus diferentes interacciones se vean fortalecidas y sean capaces de desentrañar las particularidades de cada proceso, identificar los elementos que le otorgan sentido de propósito y pertenencia, para así elaborar su propio mapa de intereses, expectativas y conflictos que caracterizan cada situación concreta, teniendo la posibilidad además de construir su propia verdad en medio de los saberes, ignorancias, imaginarios, conflictos, luces y sombras que constituyen su realidad. Porque sólo si ampliamos el panorama que los adolescentes y jóvenes tienen frente a los procesos sociales que determinan el bienestar de las sociedades, estaremos aumentando sus niveles de conciencia respecto a la relación del ser humano con su entorno social y natural, y estaremos brindándoles la posibilidad de replicar ese conocimiento con los demás miembros de su comunidad, en especial con los niños, para desarrollar en ellos relaciones de confianza con adultos específicos. Esto permitirá que los jóvenes asuman un papel responsable frente a los procesos de recuperación social y afectiva de una comunidad. Esto sólo puede ser resultado de una reflexión consciente sobre el compromiso con su propio bienestar y el de su comunidad, para consolidar una verdadera "participación social" como forma de ser y actuar frente a las vulnerabilidades, amenazas y riesgos que enfrentan, más que un simple requisito formal o exigencia de acción por parte de agentes externos al margen de estos procesos. A medida que se avanza en edad durante las etapas del desarrollo humano, en el medio familiar, el escolar, el laboral, el comunitario; los comportamientos emergentes, las nuevas interrelaciones sociales, los espacios de exploración e inserción y toda esa gama de vulnerabilidades que hemos venido analizando, ofrecen nuevas posibilidades al niño, al adolescente y al joven, tanto de enriquecimiento como de riesgo. No podemos olvidar, que los procesos básicos de interrelación en la adolescencia se dan con una apertura hacia el mundo externo, favoreciendo el surgimiento de las adversidades; tampoco olvidar que después del nacimiento, el recién nacido es acogido por el medio familiar y queda en situación de protección o riesgo en este ambiente; luego en su segundo nacimiento del seno familiar al grupo social o comunidad, inicia su desprendimiento del sistema familiar que lo lleva a una resignificación de sus relaciones. Es entonces cuando rompe esquemas o interpreta realidades de un modo diferente a lo establecido, despertando pocas simpatías en su familia y en el grupo social, convirtiendo sus relaciones en fuente de grandes amenazas, sumadas a la desprotección, descalificación, ineficiencia parental, deprivaciones.
Es por esto, que estos períodos de la vida de todo ser humano, representan un campo de posibilidades e intervenciones para crear nuevas oportunidades de fomentar el desarrollo de la resiliencia en las comunidades más vulnerables. Es ésta la oportunidad para que el niño, el adolescente y el joven, reconstruyan su realidad y establezcan nuevos y positivos vínculos; porque si bien pueden presentar situaciones amenazantes para su seguridad física y emocional, también presentan grandes oportunidades para que la sociedad les acoja, les brinde herramientas y les permita desarrollar sus potencialidades en la dinamización de procesos comunitarios. La apertura de oportunidades amplía los campos de su experiencia, le ofrece credenciales para una nueva inserción exitosa, le ofrece metas que contrarrestan los desafíos consumistas y la participación en culturas de trasgresión y evasión, producto de su condición marginal, caracterizada por la desocupación prolongada, los conflictos de tipo legal o penal, la repitencia, la expulsión o deserción durante su permanencia en el sistema escolar, la carencia de redes de apoyo para enfrentar sus problemas de familia, su sexualidad, sus adicciones, sus estados depresivos y la pertenencia a grupos de pares que se orientan a la trasgresión social, violencia, adicción o drogas. Pero también la necesidad de "ser reconocido como alguien" lo lleva a preferir "ser alguien temido o detestado, que ser nadie" (Krauskop, 1995), y aquí es donde se presentan sus amenazas más severas, porque fácilmente se vuelve vulnerable o invulnerable dependiendo de las oportunidades que podamos brindarle como trampolín para su despegue y aporte en la construcción social. La resiliencia actúa entonces, como herramienta para rescatar a los jóvenes frente a la adversidad. Mediante modelos positivos ellos van a ser reconocidos como grupo meta de alto valor para el desarrollo de la comunidad, como parte del capital humano y actor protagónico de su propio desarrollo, con derechos y capacidades para intervenir en su presente y lograr una participación efectiva en sus propios destinos y en el desarrollo colectivo. Por ésto se constituyen en agentes óptimos de intervención. Es importante destacar que la materia prima de la resiliencia no son los recursos que desarrolla un niño, adolescente o joven sino los apoyos y espacios que encuentra en su entorno para poder manifestarlos; por consiguiente, es responsabilidad colectiva ofrecerles contextos sensitivos y permeables a las respuestas positivas que buscan y generan para solucionar sus problemas. Todo lo anterior nos lleva a profundizar más en el concepto de resiliencia, de manera que podamos estimular el desarrollo de esta capacidad en niños, adolescentes y jóvenes, como instrumento para el desarrollo humano sostenible de las comunidades, fortaleciendo su capacidad de actuar efectivamente en las interrelaciones que establece con sus familias, el medio ambiente, y en general, con el entorno vital donde se desarrollan. Según otros autores, la resiliencia puede ser vista como: - la habilidad para resurgir de la adversidad,
adaptarse, recuperarse y acceder a una vida significativa y productiva
(ICCB, Institute on Child Resilience and Family - 1994)
- la capacidad del ser humano para hacer frente a las adversidades, superarlas, e, inclusive ser transformado por ellas (Grotberg - 1995). - Vanistendael (1994), distingue dos componentes: por una parte la resiliencia frente a la destrucción; es decir la capacidad de proteger la propia identidad bajo presión; por otra parte, la capacidad de forjar un comportamiento vital positivo, pese a circunstancias complejas. - la resistencia implica una combinación de factores que permiten a un niño, a un joven, a un ser humano, afrontar y superar los problemas y adversidades de la vida y construir sobre ellos (Suárez y Ojeda, 1995). La resiliencia se sustenta en la interacción entre las personas y el entorno; y no procede exclusivamente del entorno, ni es algo exclusivamente innato. Tampoco puede hablarse de ella como un concepto unívoco y absoluto. Si bien se entiende como una capacidad humana presente en las distintas comunidades, etnias y culturas, tiene rasgos particulares de acuerdo con los diferentes contextos en que se manifiesta.
Promover la Resiliencia es reconocer la fortaleza más allá de la vulnerabilidad (OPS et al, 1998), es mejorar la calidad de vida de las personas a partir de sus propios significados e imaginarios, es decir, de la manera según la cual perciban y se enfrenten al mundo. Estimular una actitud resiliente, implica potenciar esos atributos incluyendo a todos los miembros de la comunidad en el desarrollo. Describimos ahora el trabajo de Wolin y Wolin y su Modelo de Desafío, para el análisis y desarrollo de la resiliencia: Estos autores enfatizan en que las fuerzas negativas expresadas en daños no actúan de forma lineal en las personas, sino que encuentran en los niños, adolescentes o comunidad un escudo protector constituido por sus "resiliencias", que transforman esos factores negativos en desafíos que llegan a convertirse en factores de superación. Estas resiliencias constituyen lo que ellos llaman la "Mandala de la Resiliencia", tomando un término indígena referido a las fuerzas que hacen que un ser humano encuentre su resistencia interna para sobreponerse a la enfermedad. El modelo de desafío y los siete pilares de la resiliencia son una alternativa en la forma de observar y vivir la vida. No consiste en hacerse invulnerable a las distintas experiencias, u olvidar para siempre el daño de haber crecido en una familia problema. No se puede cambiar el pasado, se puede cambiar la forma de entenderlo y de esta manera crecer a partir de la adversidad. Veamos entonces estas siete categorías de resiliencia, según la caracterización que de ellas hacen los autores, subdividiendolas en etapas de desarrollo:
Por su parte, Edith Grotberg en su modelo Resiliencia en el Desarrollo Psicosocial, asume como consenso la definición internacional de resiliencia, agrupa aquellos factores que han demostrado tener una relación con ella, y agrega como nuevo componente el aspecto dinámico: ser resiliente no depende sólo de la interacción que se dé entre los distintos actores y el rol de cada factor en los diferentes contextos. Sugiere tres fuentes principales, que se reúnen en torno a las características genéticas y temperamentales de las personas, que son: 1) Un ambiente favorable, referido a las fuentes externas de defensa como son la familia, la comunidad o la nación, que refuerzan la resiliencia y brindan un modelo efectivo de conducta. Hace referencia a lo que la persona puede asumir como un YO TENGO 2) Una fuerza intra psíquica, fuente inherente a la personalidad del ser humano, que incluye un sentido de autonomía, control de impulsos, autoestima, sentimientos de afecto y empatía. Hace referencia al YO SOY/ESTOY 3) Unas habilidades adquiridas y orientadas a la acción, aquellas apropiadas para la interacción social, sumando la expresividad social, la capacidad de resolución de problemas, el manejo del estrés, de la angustia, la selección de opciones, etc. Hace referencia al YO PUEDO Señala Edith Grotberg que un ser humano resiliente no necesita tener todas esas habilidades, pero una sola no es suficiente; no puede desarrollar su resiliencia si por ejemplo, tiene las herramientas sociales (Soy /Estoy) pero no tiene un ambiente favorable (Tengo) para relacionarse. Sin embargo sí es necesario, que las combinaciones entre estos factores sean efectivas, y contengan al menos una habilidad en cada factor. Con esta clasificación, los rasgos de resiliencia los ejemplifica de la siguiente manera: YO TENGO
YO SOY/ESTOY
YO PUEDO
El concepto de resiliencia corre un riesgo, al permitir resolver y sobresalir de las situaciones concretas, sin la promesa de cambiar el medio donde vive y salir de la situación de pobreza y marginalidad. Para que la resiliencia sea una capacidad de desarrollo y no sólo de supervivencia, es necesario que existan oportunidades estructurales de interrelación dentro de la sociedad de tal forma que el niño, el adolescente y joven se puedan incorporar y ser miembros efectivos de la sociedad. Esperamos estos contenidos aporten los elementos necesarios para el trabajo de campo con comunidades en situaciones de crisis o emergencia social. |
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