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reacciones de los niños en situaciones de desastre
PROINAPSA - UIS - El niño ante las catástrofes presenta efectos a corto y largo plazo, que no son necesariamente secuenciales, pero que pueden presentarse a corto o largo plazo en relación con su duración de aparición (inmediata o tardía). - El niño puede haber estado comportándose en términos relativamente normales antes del siniestro, pero como consecuencia de éste, su comportamiento puede ser interrumpido o modificado en forma temporal o permanente. - La mejoría de la situación de inquietud o turbulencia emocional, el restablecimiento del equilibrio y el comportamiento para la mayoría se logra, aún sin ayuda externa o especializada. La intervención informada y a tiempo puede acelerar la recuperación y en muchos casos prevenir problemas serios más adelante. Los efectos psicosociales generados por las situaciones de crisis sobre los niños son difíciles de determinar; presentan variadas cualidades en sus vivencias y algunos presentan síntomas asociados. El impacto está relacionado con diversos factores como: - la vulnerabilidad, resultado de sus interrelaciones consigo mismo, su familia y su comunidad, determinadas por aspectos personales, sociales o culturales y tomando en consideración aspectos de edad, sexo, etnia, personalidad, organización comunitaria, interpretación cultural de la realidad, entre otros; - la naturaleza del trauma, duración de la exposición al trauma, número de eventos traumáticos acumulados y secuencialidad o inmediatez de éstos; y por último - la efectividad de las intervenciones de ayuda ante estos eventos. Además de estos factores también debemos tener presente que no existen conclusiones contundentes acerca de un perfil típico, lo cierto es que se presentan muchas diferencias individuales en las respuestas a hechos violentos. Si tuviéramos acercamientos individuales a cada niño afectado por situaciones de crisis, nos encontraríamos con un amplio abanico de respuestas y maneras de enfrentar la adversidad, entre las que podríamos encontrar:
Sin embargo, es preciso tener presente en sus comportamientos reacciones:
Comportamientos que se acentúan cuando, además del impacto no comprendido del desastre, pierden sus seres queridos, su mascota o animal querido, su espacio o lugar de vida, sus entornos conocidos, sus referentes culturales y familiares, y se vuelven dependientes de las reacciones de los adultos.
En estas condiciones de alta vulnerabilidad física, emocional y social, el niño aumenta su desconfianza frente a los otros y se aísla, alterando su vínculo con el grupo familiar, en la medida en que sus padres o adultos a su cargo, reaccionan frente a las situaciones adversas. Esto hace que el niño interiorice la desconfianza y angustia que sus padres sienten, circunstancia que puede derivar en la afectación del vínculo afectivo familiar. Una situación de emergencia establece entonces, una circunstancia repentina de peligro que amenaza la seguridad y también crea un efecto de riesgo que puede interrumpir la unión familiar y la calidad de tiempo que la familia le dedica a los niños.el rescate del vínculo afectivo como recurso del niño ante la adversidadLa familia es la unidad básica para la intervención, y no solamente el niño en forma individual. La familia es el primer recurso para aliviar al niño víctima de un desastre y siempre debe ser ella la primera a tenerse en cuenta, antes de cualquier otro tipo de recurso. Cuando la familia permanece unida ante una situación crítica, los sentimientos de miedo y preocupación pueden ser compartidos, creándose un espacio de referente afectivo que conduce a reforzar los sentimientos de confianza entre sí mismos, pero cuando se produce una fractura familiar, y especialmente cuando hay una separación de la madre o del cuidador, se genera una gran ansiedad en el infante que lo conduce a una sensación de desasosiego incrementada con el tiempo. No podemos olvidar que la familia satisface ciertas necesidades únicas que los extraños difícilmente pueden proporcionar, tales como los cuidados y la ayuda emotiva necesaria para que un niño en el trascurso de su vida pueda sentirse feliz. Toda persona tiene necesidad de ser tocada y reconocida por los demás; son necesidades biológicas y psicológicas a las que Eric Berne, el padre del análisis transaccional llama "hambres". Las hambres de contacto y reconocimiento que pueden ser apaciguadas con "caricias", las que según Berne, son "cualquier acto que implique el reconocimiento de la presencia del otro". Los niños no crecerán naturalmente sin este contacto. Estas necesidades se cumplen generalmente en las rutinas diarias: cambio de pañal, alimentación, baño, mimos, y actos de amor que los padres y madres tienen para con sus hijos. Los niños carentes de este contacto sufren un deterioro mental y físico que puede llevarles a la enfermedad o incluso a la muerte. El hambre de caricias es entonces un apetito profundamente arraigado que ningún alimento puede satisfacer; es el hambre de la piel, de caricias, de sensación, de contacto humano real y concreto. A medida que el niño crece, el hambre primaria temprana por tacto físico real se modifica y convierte en hambre de reconocimiento que puede expresarse con una sonrisa, una señal de asentimiento, una palabra, un ceño fruncido, un gesto, etc. El niño que puede disfrutar en su infancia del calor de la relación que le brindan sus padres, hermanos, abuelos y otros parientes, teniéndolos como personas disponibles para su cuidado y protección y ligados por un vínculo que genera placer mutuo; tendrá más tarde confianza en sí mismo y contará con un desarrollo biológico, psíquico, social y espiritual más armónico. Pero si por el contrario, no puede hacerlo debido a la propia historia de crianza de sus padres o por razones de separación, de abandono, o de negligencia en la primera infancia, ésto puede tener implicaciones funestas para su futuro psicológico y originarle trastornos emocionales, que le impedirán llegar a ser una persona con una adecuada capacidad de relación con su pareja y los otros seres humanos. Aunque parece natural, casi propio de la sobrevivencia de la especie, el desarrollo del vínculo afectivo en una pareja cuando concibe un hijo, no siempre se da como norma, porque la disrupción del sistema afectivo conduce a la posibilidad de maltratar a los hijos, corriendo el riesgo que la especie humana no sobreviva o lo haga en condiciones psicológicas precarias como afirma la Dra. Margareth Lynch. La conducta del apego está más próxima a la temprana infancia porque los niños muy pequeños son los que están más predispuestos a la ansiedad y al malestar emocional, cuando no encuentran respuesta a sus necesidades. La separación o amenaza de separación de la figura responsable por su cuidado, crea una situación de vulnerabilidad emocional muy grande en los niños.
La separación es la situación contraria al apego. Bowlby (1980), señala que los seres humanos están genéticamente inclinados a apegarse con otros seres humanos y responden con ansiedad ante una separación indeseada. La angustia y la ansiedad se activan cuando se busca infructuosamente una figura responsable. Cualquier elemento o señal de pérdida, abandono o separación genera una gran ansiedad y zozobra en los niños pequeños. En una situación de desastre, hay señales claves que pueden ser interpretadas por los menores como indicios de peligro, tales como la oscuridad, los ruidos propios de la naturaleza, la lluvia, el viento. También movimientos infrecuentes, la exposición ante gente extraña o las medidas de seguridad. Cuando los niños están asustados, no pueden substraerse ante una situación de alarma y reaccionan con llanto continuo, gritos, movimientos repetitivos en el intento de ubicar una figura adulta y responsable que recuerde la conducta de apego que les evoque seguridad. Esta amenaza es mayor en la medida en que la situación de adversidad indique que hay una mayor factibilidad de pérdida o separación. Es muy frecuente que los niños manifiesten miedo de estar o dormir solos, que presenten pesadillas o terrores nocturnos. ¿cómo podemos ayudar al niño a superar estas conductas? Ante la grave situación del niño menor de cinco años afectado particularmente por un desastre, se determina la urgente necesidad de implantar estrategias específicas que le permitan su recuperación afectiva y social y lo lleven a crecer libremente, a jugar, a prepararse para el futuro y a pertenecer a un tejido social propio. Es en el momento inmediato a la emergencia en el que debemos atender con prontitud y generosidad al niño afectado, de manera que podamos contrarrestar la magnitud de los efectos psicoafectivos del desastre sobre él, mitigando el dolor y el llanto, y devolviendo tan pronto como sea posible su sonrisa, el sueño, y la palabra que nombre el amor, la ternura y el cariño. Es de vital importancia el cuidado de los niños muy pequeños en estas circunstancias, por lo tanto, ante una situación de desastre, deben recibir todo el amparo posible. Es preciso generar en una forma continua y sostenida actos de amor y confianza que les ayuden en la recuperación, pues los niños que tienen una figura adulta responsable y afectuosa que les proteja y que les acompañe en sus actividades lúdicas, reparan a través del amor, sin secuelas dolorosas. Este apoyo sólo podremos brindarlo estando cerca y conociendo sus necesidades; no podemos olvidar que así como existen niños altamente resistentes, existen también otros niños no resistentes a situaciones complejas. Estos últimos, constituyen la población a la que queremos atender de manera prioritaria, mediante la promoción de una serie de habilidades para la vida, como herramientas que les permitan superar las crisis y salir fortalecidos. Si consideramos estas situaciones complejas en el contexto del Enfoque de Riesgo, podemos hablar de: factores de riesgo, como "aquellas características, hechos o situaciones propias del niño o de su entorno que aumentan la posibilidad de desarrollar desajuste psicosocial" y factores protectores como "todas aquellas características, hechos o situaciones propias del niño o de su entorno que elevan la capacidad del niño para hacer frente a las adversidades o disminuyen la posibilidad de desarrollar desajuste psicosocial frente a la presencia de factores de riesgo" (Silva, 1999). A manera de ilustración presentamos una adaptación del Modelo de Riesgo propuesto por Patterson (1995), en el que se muestra la interacción entre factores de riesgo y factores de protección reflejando la necesidad que el niño alcance un equilibrio para un desempeño apropiado en las áreas física, académica y social -adaptación-.
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